Se había mudado a la ciudad hacía cuatro meses y aún no había desempacado. Había cajas de cartón a lo largo de su apartamento, acomodadas como si le hicieran lugar a la jaula grande del centro. “¡Es Judy!”, dijo Ashley, señalando hacia la jaula.

No estaba seguro de cómo saludar a una coneja. “Hola, Judy”, dije, con la voz que uso cuando veo un perro. Saludé moviendo la mano.

A Judy no pareció impresionarle. Levantó las orejas mientras su cabeza seguía descansando sobre dos pliegues de papada y movió la nariz como para hacerme a un lado.

Con todo ese pelo, Judy tenía la apariencia de un zar enfundado en pieles. Ashley abrió la jaula y Judy me permitió, como un acto de deferencia, que tocara su abrigo moteado. “¿Acaso no soy lo más suave del mundo?”, parecía preguntar.

Esperaba que Judy y yo pudiéramos romper el hielo, pero no sabía cómo cortejar a una coneja. Cuidé a la mascota de Ashley (solo como amigo) un par de veces a lo largo de los siguientes meses cuando ella salía de la ciudad. Tenía que darle a Judy su alimento, lechuga romana y heno, dos veces al día. Yo leía en el sofá de Ashley mientras Judy saltaba por ahí, engrasando las patas de la mesita de centro con su barbilla, marcando su territorio para que yo no lo ocupara.

Ashley me dijo que podía meter a Judy en su jaula de nuevo si hacía un ruidito, así que fui tras ella haciendo ese ruido y moviendo las manos, pero Judy no obedecía los sonidos que salían de mi boca.

El primer día cometí el error de levantarla, como había visto a Ashley hacerlo muchas veces. (Judy se dejaba cargar como un bebé, con las patas arriba, en los brazos de Ashley). Pero tras los muslos afelpados de Judy se escondía una fuerza sobrehumana, y de inmediato escapó, dejándome unos rasguños profundos y púrpuras en las muñecas.

Judy me observó todo el año de castidad que pasé de visita en el apartamento de Ashley, como si quisiera preguntarme qué rayos estaba haciendo ahí.

Unos días después de que Ashley y yo finalmente nos besamos, me llamó llorando. La jaula de Judy estaba empapada de sangre.

La llevamos de emergencia al veterinario, donde la abrieron, le quitaron varios órganos afectados y la suturaron. Mientras esperábamos, el veterinario dijo que los conejos a menudo no despertaban de la intervención quirúrgica.

A los conejos no les gusta el dolor, comentó el veterinario. Cuando sienten demasiado estrés tienden a dejarse morir.

De pronto sentí envidia por los conejos cuando el veterinario explicó la frágil fisiología de Judy. La selección natural no me había proporcionado una manera de elegir una muerte fácil. Sin embargo, los conejos al parecer suelen tener ataques cardiacos repentinos cuando se enfrentan a una amenaza mortal. Me pregunté qué decidiría Judy: ¿sería fuerte o se dejaría vencer?

Eran los primeros meses del año. En mi mente, las noches que quería pasar con Ashley no estaban ambientadas en el hospital veterinario Ojos Brillantes y Colitas Peludas, pero cuando Judy por fin despertó, todo se envolvió de la alegría de Ashley.

No obstante, el veterinario no pareció aliviado. Judy no quería comer ni tomar agua y, si seguía así, lo más probable era que sufriera un padecimiento llamado estasis gastrointestinal, que provoca que el sistema digestivo de los conejos se paralice y el animal se hinche poco a poco hasta morir. Vi cómo el semblante de Ashley se entristecía de nuevo y dudé si de verdad quería que estuviera con ella en ese momento. Algo en mí me decía: “Retírate”.

Me parecía que las buenas relaciones se basaban en la gentileza mutua, una zona de amabilidad en la que los amigos y las parejas experimentan su cariño. La coneja no había sido especialmente buena conmigo, sobre todo si la comparaba con los labradores que había conocido, y no me daban ganas de ser amable con ella, menos después de que mordió el cable de mi MacBook. Ahora el veterinario me estaba dando varias bolsas de rehidratación intravenosa y una mezcla de alimento en pasta que debíamos darle a la fuerza a una coneja que ni siquiera estaba seguro de que me quisiera en su vida.

Sin embargo, darle ese alimento de cuidados vitales para conejos era trabajo para dos personas, una mezcla en polvo de hierba timotea y cascarilla de soya a la que debíamos agregar agua tibia y administrar con una jeringa diario tres veces al día a través de sus dientes poco amigables. Mientras escuchaba las instrucciones del veterinario, entendí que me habían reclutado para la misión.

La hora de comer de Judy siempre era toda una odisea. Ashley se acostaba en el suelo y pegaba su frente a la cabeza de Judy para calmarla. Después Judy dejaba que la cargara y la envolviera en una toalla. Ashley subía con cuidado a la coneja envuelta al sillón, donde yo la presionaba contra el cojín como un balón mientras Ashley intentaba que la jeringa atravesara su labio.

Al primer roce de sus bigotes, Judy retrocedía con mucha fuerza y ocultaba su cara en la toalla. Si la jeringa se acercaba de nuevo, escapaba del sillón de un salto.

Era exasperante estar enojado con una coneja. ¿Acaso no entendía que estaba tratando de salvarle la vida? Desde luego, podía forzarla a quedarse en el sillón si era necesario, pero ella luchaba con tanta fuerza que me preocupaba que se abrieran los puntos de su herida.

Ashley y yo nos gritábamos mientras tomábamos turnos para tratar de levantar el labio de Judy y dejar entrar la pasta de nutrientes. “¡Vas a lastimarla!”. “¡Morirá si no come!”. Y en medio de todo, comenzábamos a pelear sobre por qué me había tomado un año besarla.

Mientras limpiaba la comida de conejo derramada en los cojines del sillón, pensé en los sofás de mi vida, todas las veces que había estado en medio de mis padres para que me anunciaran una muerte o un divorcio. Podía recordar los sillones con más claridad que las conversaciones. En este sofá, Ashley y yo ya teníamos peleas tan fuertes como para asegurar que recordaría esta tela para siempre, sin importar cuán corto resultara ser nuestro romance.

Veía cómo Ashley acariciaba a Judy con su frente o alisaba suavemente el pelo entre sus ojos. Judy no saltaba ni se alejaba ni parpadeaba. No parecía estar cómoda, pero al parecer sabía que la amaban. Eso no significaba que debiera fingir disfrutar cada minuto o que le encantara la comida en pasta que la obligábamos a ingerir.

“Muy bien. Ya es hora”, decía después de un rato, porque después de la comida debía tomar agua. Ashley levantaba a Judy y la acariciaba mientras yo colgaba una bolsa intravenosa de la lámpara. Las agujas eran aterradoras, anchas como pajillas de coctel. Cuando Judy estaba lista, Ashley me apretaba la mano y movía la cabeza. Ninguno de los dos quería voltear cuando levantaba la piel de la espalda de Judy y le metía la aguja.

Judy respingaba, pero no se movía. Abríamos los ojos y nos veíamos. Después dejábamos caer la solución.

Un conejo rehidratado es gracioso. Aún bromeamos sobre los días de dromedario de Judy, cómo arrastraba su bulto lleno de fluidos por todo el piso de la sala, dando saltos vacilantes y ladeados con los podía escucharse el agua en su interior.

Hace dos meses nos casamos y, pensando en que esto es para siempre, he estado recordando lo que dijo el veterinario: cómo, al pasar un umbral de dolor y estrés, los conejos suelen renunciar a la vida. Supongo que aún habrá que ver si Judy es invencible. Quizá no lo es. Sin embargo, aunque tiene la habilidad de hacer que su corazón se detenga en cualquier momento, ha elegido quedarse con nosotros una y otra vez.

Judy ha vivido más que el sillón, que se desgarró en una mudanza, y otro sofá más, que dejamos en Denver cuando nos mudamos a Francia, donde Ashley trabaja.

Judy y Roberta, nuestra segunda coneja, viven ahora en París. El apartamento que rentamos incluía un sillón color rojo brillante, y es muy probable que tendremos que tomar a Judy y obligarla a estar ahí para administrarle alguna sustancia que no le guste. Ashley o yo quizá debamos pasar una noche solitaria y enojada en el sillón rojo de vez en cuando. Pero nos gusta, para pelearnos o, por qué no, reconciliarnos. Para ver cómo las conejas saltan por todo el apartamento.

Para llegar aquí, Judy y todos nosotros tuvimos que conducir hasta Chicago, la ciudad más cercana donde una aerolínea que permite llevar conejos vuela directamente a París. Tuvimos que aferrar a Judy y a Roberta a nuestro pecho para atravesar el escáner de seguridad del aeropuerto. Tuvimos que calmarlas con nuestras voces para que sus frágiles corazones estuvieran tranquilos durante el despegue y el aterrizaje.

Nuestros amigos y familiares nos dijeron que viajar a otro país con conejos sonaba como una pesadilla que podíamos evitar; por supuesto, tienen razón. ¿Y qué? El amor involucra muchos de esos momentos. Si renuncias a ellos con demasiada frecuencia, terminas por renunciar a todo el asunto.

Pero eso no pasa con nosotros. Nuestro amor es una criatura pequeña y resistente. También es lo más suave del mundo.

 

Por MARK MAYER 9 de noviembre de 2018

Tomado de: New York Times Es

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